La ganadería transita un sendero marcado por contrastes. Por un lado, los precios internacionales de la carne vacuna se mantienen en niveles históricos, similares a los de 2022, y el mercado interno absorbe excedentes con solidez. Por otro, aumentan los costos operativos, se achican márgenes y la cadena enfrenta severos desafíos para sostener su desarrollo productivo. ¿Se avecina realmente una oportunidad de recuperación, o este contexto es sólo una ilusión pasajera?
Ya son varias semanas analizando cómo las distintas variables económicas, cambiarias y de mercado impactan al sector. En ese contexto, se destaca un dato alentador: a pesar de una merma en las exportaciones, el mercado doméstico está funcionando eficientemente como absorbedor del producto sobrante. “Esto permitió que se consuma en volumen sin grandes cambios en precios, y que el consumo interno —la diferencia entre lo producido y lo exportado— se mantenga robusto”, aseguró en diálogo con Punto biz, María Julia Aiassa, analista de Rosgan. Sin embargo, aclaró que los costos se evidencian en cada eslabón de la cadena, desde la producción y la cría hasta la industrialización y la faena.
“Los precios de la carne vacuna a nivel internacional se mantienen comparables a los de 2022, que fue un año récord. En teoría, esto debería sostener una rentabilidad considerable para los ganaderos y productores de hacienda. Sin embargo, la realidad es más compleja. Los costos operativos –incluidos los insumos, energía, laborales, industriales y tributarios– aumentaron fuertemente”, advirtió la especialista. “Donde antes la inflación disimulaba esos incrementos, hoy cualquier ajuste se refleja directamente en los márgenes, que se volvieron estrechos”, añadió.
En ese contexto, a pesar de que los precios de los animales en pie siguen siendo atractivos, las empresas de la cadena sienten una reducción evidente de márgenes reales. Los elevados costos de estructura comienzan a asustar, comprometiendo la capacidad de inversión y crecimiento.
Un ingrediente adicional: la estacionalidad. Aunque hay una faena relativamente estable durante el año, se espera que entre agosto y septiembre ingrese al mercado un importante lote de hacienda terminada, lo que podría aumentar aún más la oferta y presionar los precios minoristas. Así, no se anticipan fuertes aumentos en el corto o mediano plazo, siempre que la inflación y demás variables económicas se mantengan controladas.
Además, en este camino de mejora estructural, el rol del financiamiento específico cobra una importancia vital. “Hoy el sistema bancario tiende a tratar al agro como un todo homogéneo, sin diferenciar entre los ciclos productivos de la agricultura y la ganadería. Esto limita el acceso a herramientas financieras adaptadas a las necesidades de un sector que, por su propia naturaleza, requiere tiempos más extensos para recuperar inversiones”. Sin líneas de crédito diferenciadas, con tasas competitivas y plazos acordes, los expertos coinciden en que será muy difícil impulsar el crecimiento del stock o fomentar proyectos de engorde y recría a largo plazo.
Por otro lado, Aiassa indicó que también es fundamental recuperar una narrativa positiva sobre la ganadería argentina, tanto hacia adentro como hacia afuera del país. Revalorizar la carne vacuna no solo como commodity, sino como un producto con identidad, con valor agregado y con una historia que conecta cultura, territorio y desarrollo local. Esto implica una estrategia de comunicación coordinada, que posicione a la Argentina como proveedor confiable de carnes de calidad premium, pero también como un país con estándares productivos, sanitarios y medioambientales sólidos. Sin ese diferencial, competir por precio será cada vez más difícil frente a gigantes consolidados como Brasil.
Competitividad en jaque
La comparación con otros grandes productores como Brasil o Uruguay señala que Argentina adolece de baja competitividad. Una de las principales causas es que el stock ganadero argentino se mantiene en uno de los niveles más bajos en años, sin señales claras de recuperación. Tampoco hay incentivos suficientes para que el stock crezca: las retenciones a los novillos –la categoría más valorizada para exportar– funcionan como desincentivo a generar kilos adicionales.
“Se derogó además la regulación que establecía un peso mínimo de faena. Esa decisión, lejos de ser sólo normativa, implica una señal clara: el Estado permite que se faenen animales más livianos, lo que puede profundizar la tendencia de escasa oferta para las exportaciones”, argumentó Aiassa.
En cuanto a la genética y la mejora de ganado, existe un camino que los productores comenzaron a transitar y que, según fuentes consultadas, no retrocederá pese a las crisis coyunturales. No obstante, la realidad financiera afecta la velocidad: las inversiones en genética suelen posponerse cuando los ingresos se achican, como ocurrió durante los años de sequía. Aun así, la decisión de innovar sigue siendo una elección estratégica más que reactiva.
Tema aparte, la discusión sobre la continuidad del esquema de vacunación contra la fiebre aftosa volvió a ganar protagonismo en el ámbito ganadero. Si bien algunos actores plantean la necesidad de revisar el programa en línea con decisiones recientes de países vecinos como Brasil o Paraguay, la mayoría del sector coincide en que Argentina no puede darse el lujo de poner en riesgo su estatus sanitario. “La recuperación del reconocimiento internacional tras los retrocesos de los años 90 demandó años de trabajo coordinado y esfuerzos significativos, tanto públicos como privados. Cualquier modificación en este esquema debe ser tratada con máxima prudencia, priorizando la preservación del acceso a los mercados más exigentes, donde la confianza sanitaria es tan determinante como la calidad del producto”, apuntó la analista de Rosgan.
De cara al futuro inmediato, el análisis sugiere que el sector ganadero debe enfocarse en una agenda de mediano y largo plazo que contemple:
- Reducción de costos estructurales: la carga impositiva y laboral afecta a todos los rubros, pero es especialmente sensible en la ganadería. Una reforma orientada a aliviar estos costos es crucial para mejorar la competitividad, absorbiendo parte de la presión que hoy recae sobre los productores.
- Incentivos para aumentar el stock y los kilos producidos: hoy la oferta ganadera es limitada. Para revertirlo, se necesitan políticas específicas como la quita o reducción de retenciones selectivas (particularmente a novillos) y el acceso a crédito diseñado para potenciar la ganadería, con plazos y condiciones ajustados a ciclos productivos más extensos.
- Estímulo al crecimiento y producción primaria: no basta con retenciones bajas; el crédito, la tecnología, los programas de capacitación, acceso a pasturas y reproductores mejorados son claves para que el productor retire vientres, incorpore genética, aumente su productividad y, en consecuencia, fortalezca la oferta exportable.
Para que la ganadería nacional recupere vitalidad y competitividad de forma sostenible, los próximos doce meses serán clave. “Más allá de la estabilidad cambiaria, el desafío será traducir ese entorno favorable en política pública orientada a la producción, el financiamiento y la mejora genética”.
Con una mirada realista, el sector debe asumir sus debilidades actuales, reconocer la necesidad de ajustes profundos y construir, bajo un horizonte de decenios, no de campañas cortas, la oportunidad de una ganadería fuerte, eficiente, rentable a escala doméstica y competitiva afuera. Sólo así, la tan mentada “revancha” dejará de ser una ilusión y podrá convertirse en un proyecto factible.
¿Hay revancha para la ganadería argentina?
Estabilidad del dólar y precios internacionales mantienen las expectativas, pero la presión de los costos operativos y la falta de competitividad limitan las posibilidades.
UN SENDERO CON CONTRASTES
UN SENDERO CON CONTRASTES
Por PATRICIO DE GAETANO
La merma en las exportaciones fue compensada por el mercado interno.
Los costos aumentaron fuertemente, impactando en la rentabilidad.