Mariano Grassi suele decir que hay personas que se enferman cuando algo les sale mal, pero que a él lo que lo enferma es la pasividad. Es una frase chiquita, casi al pasar, que aparece entre sus razonamientos técnicos y sus proyecciones sobre el futuro del agro, pero que condensa buena parte de su biografía emocional. En un año donde su apellido sonó más alto que nunca, empujado por las definiciones del cramdown de Vicentin y por la magnitud del desafío que lo envolvió, el empresario rosarino llegó al cierre de 2025 como el punto de convergencia entre convicción, liderazgo familiar y un sentido de responsabilidad que –lo deja claro– lo excede como persona.
No es alguien que busque reflectores. De hecho, dice que aprendió temprano a blindarse: “Cuando me pegaban en los diarios en medio de la contienda por Vicentin, dejé de sentir”. Lo repite sin dramatismo, como quien habla de un aprendizaje práctico. Quizás por eso vive del mismo modo el otro extremo: la sobreexposición en términos positivos tampoco le perfora demasiado la coraza.
Este año lo encontró en el centro de una escena que no había buscado. “Si yo no hubiese hecho todo esto, me hubiese enfermado”, reconoce cuando vuelve mentalmente al momento cero del colapso de confianza que sacudió a toda la cadena granaria luego del default de Vicentin y su cruzada creando el fideicomiso de acreedores de la agroexportadora.
La historia ya es conocida: una amenaza que parecía incontenible, una estructura impaga que arrastraba a miles de acreedores y un vacío estratégico que, para muchos, se traducía en resignación. Para él, en cambio, era la oportunidad de transformar un derrumbe en un punto de partida. No por romanticismo, sino por doctrina: “Nuestra familia, desde el día uno, se preguntó cómo pagar. Nunca pensamos en concursarnos”.
Ese punto de partida no lo caminó solo. Mariano se reconoce como el frontman de un grupo empresarial, pero vuelve una y otra vez a un concepto que atraviesa toda su narrativa: la familia como piedra basal. No sólo como estructura afectiva sino como plataforma de decisiones. “Los valores de la familia nunca estuvieron en duda”, insiste. Y agrega: “Yo creo que si mi familia no me hubiese acompañado, todo esto no hubiese sido posible”.
Un liderazgo que nació antes
de tener nombre
Para entender por qué Mariano Grassi terminó ocupando ese lugar, hay que retroceder muchos años. Hijo de una figura con peso propio en el ecosistema de negocios de la región –su padre fue presidente de la Bolsa de Comercio de Rosario– Mariano creció en un ambiente donde la conversación sobre trabajo, riesgo y estrategia era parte del día a día. Pero nunca se recostó en la potencia del apellido. Aprendió que la legitimidad se gana en la cancha.
Fue el primero de los tres hermanos en incorporarse a la actividad familiar. Era joven, inquieto y con una orientación clara hacia los negocios. Se encontró, además, con un escenario que exigía reinventarse: en el 2001-2002 la irrupción del modelo de siembra directa, la llegada de la soja a precios récord y la proliferación de operadores crearon una competencia feroz, casi caótica. “Había 20 corredores y pasaron a ser 300. Era un descontrol”, rememora.
Frente a ese panorama, Mariano impulsó algo que en ese momento parecía contracultural: el corracopio, un mecanismo asociativo que buscaba agregar valor donde todos competían destruyendo márgenes. En vez de pelear cliente por cliente, promovió un sistema que integraba intereses y generaba una nueva cadena de eficiencia. “Fuimos para el otro lado”, resume. Allí comenzó a cuajar su estilo: detectar la amenaza, desarmarla, darla vuelta y construir algo nuevo de ese vacío.
Ese mismo instinto reaparecería muchos años después, cuando el derrumbe de Vicentin volvió a poner a la industria en riesgo. Pero para entonces Mariano ya era un empresario formado, con experiencia internacional. Licenciado en Administración por la Universidad Austral y con un período formativo en la Universidad de Navarra, vivió en España una etapa que –dice– le abrió la cabeza para siempre. Allí sumó amigos, mundo, idioma y una intuición global que hoy atraviesa cada una de sus decisiones.
Detrás de ese ritmo frenético hay una vida doméstica que también lo reclama. Mariano tiene tres hijos: Catalina (14), Juan Cruz (12) y Lorenzo (8). Habla de ellos con una mezcla de orgullo y ternura. Catalina, dice, tiene una inclinación natural hacia el campo y los animales. Reconoce que su hermana Sabina ya tiene hijas caminando más cerca del ADN empresarial: arquitecta una, administradora de empresas otra, ingeniera industrial la menor.
El equilibrio entre exposición pública y vida familiar es una tensión real. Este año, admite, “fue penalizado” en términos de tiempo libre. Mariano sostuvo dos pequeñas disciplinas que lo ordenan: el golf y el gimnasio. Y un par de pasiones más intensas: el buceo y la montaña. Son sus fugas conscientes, sus válvulas de oxígeno.
Una identidad empresaria
que se ensancha
Aunque 2025 quedará inevitablemente asociado a la disputa que marcó la agenda pública, la estructura que rodea a Mariano Grassi sostuvo una expansión notable. Él mismo lo reconoce con una mezcla de orgullo y humor: “Cuando me corrí un poco del día a día, la empresa creció más que conmigo”.
Hoy el ecosistema del que forma parte incluye 170 personas, un nivel de integración vertical potente y un conjunto de apuestas que llevan su sello: Isowean, como caso emblemático en la producción porcina, pero también desarrollos tecnológicos con los que buscan hacerse un lugar de peso en el universo IT. Algunos de esos hitos van desde monitoreo satelital de cosechas con Gravanz, hasta auditorías digitales para grandes plantas industriales y la avanzada de Bimtrazer, una plataforma que ya se usa en obras de envergadura y que emplea BIM, Inteligencia Artificial y Blockchain para optimizar el proceso constructivo, un mecanismo que ya se emplea, por caso, en la millonaria ampliación de Sidersa en San Nicolás.
Es un mapa profesional diverso que coexiste con coherencia. “Las empresas familiares sanas tienen un plus”, explica. Lo dice sin sesgo, sino como conclusión empírica. “Pero hay que ser profesional: no existe el sueldo de hijo”. En esa frase también hay filosofía.
Optimismo activo
En medio de los desafíos coyunturales, Mariano mantiene un optimismo que sorprende por su firmeza. Le preocupa menos la competencia externa que el estancamiento interno. Ve una Argentina que se replegó durante una década y media, que dejó escapar oportunidades. Y también ve un potencial enorme si se recupera la confianza, baja la presión fiscal y se consolida un nuevo ciclo de inversiones.
En ese marco, su mirada vuelve a posar sobre el valor de lo asociativo: más Isowean, más plantas de etanol, más modelos integrados capaces de transformar pueblos. Cita Monte Maíz -donde está la sede del emprendimiento porcino- como ejemplo de cómo una base industrial puede modificar la identidad productiva de una localidad. Y se entusiasma genuinamente con las cadenas completas, como las que vio en el norte productivo cuando sondeó lo hecho por Vicentin antes del colapso: etanol, burlanda, feedlot, ciclos cerrados que producen valor y trabajo en simultáneo.
¿Cómo se convive con un año donde su nombre estuvo todos los días en los medios nacionales? La respuesta es sorprendentemente simple: no conviviendo. “Casi ni redes uso”, dice. No mira los títulos. No deja que la crítica lo infle ni que el elogio lo empuje hacia un lugar que no siente. Su narrativa está libre de grandilocuencias, pero cargada de convicciones. Y es precisamente esa combinación –perfil bajo más determinación– la que lo vuelve un caso particular en el empresariado argentino.
El hombre que transformó
crisis en oportunidad
Al margen del desenlace en Vicentin, el empresario nacido al calor del corretaje de granos se subió a una contienda con la que ganó gran protagonismo.
MARIANO GRASSI (GRASSI SA)
MARIANO GRASSI (GRASSI SA)
Un deporte: Ski
Una película: Matrix
Un libro: Cien años de soledad
Un hobbie: buceo
Un destino de vacaciones: la nieve
Una comida infaltable: pulpo
Un objetivo pendiente: meditar 1 hora por día
TOP 10 PROTAGONISTAS
Por PATRICIO DOBAL