Los protagonistas de 2025 Diciembre 2025 | Page 43

A los 61 años, el CEO del Grupo Insuga, Fabián Ardeti, vive un momento bisagra. Fue elegido Empresario del Año 2025 por Punto biz y, lejos de aferrarse a su cargo, está concentrado en soltar de a poco. Habla de recambio, profesionalización, equipos y de una casa sobre el río a la que sueña ir más seguido. Su historia no empieza en un balance, sino en un cuaderno de quinto grado, en una escuela de su Santa Fe natal donde escribió por primera vez qué quería ser de grande.

“Nací en la ciudad de Santa Fe y desde la escuela primaria decía que quería ser arquitecto, que quería construir”, contó a libro y corazón abierto, en diálogo con Punto biz. Ese cuaderno guardó un deseo que marcaría su vida. Siguió ese impulso y entró a la Escuela Industrial Superior, donde se recibió de técnico constructor. Apenas salió, empezó a trabajar y, en paralelo, estudió Arquitectura, carrera que le llevó casi diez años.

Mientras cursaba, abrió un pequeño estudio y una empresita constructora. Dibujaba planos, dirigía obras y peleaba con exámenes en la facultad. La empresa familiar existía, pero en su cabeza no era un destino inevitable. “En realidad no quería saber nada con la empresa familiar”, admitió. Su padre insistía para que se sumara, pero él se imaginaba con carrera propia y mantenía distancia.

La firma a la que su padre lo invitaba una y otra vez era Insuga, nacida en 1962 como un grupo de cooperativistas y productores rurales que procesaban despojos de faena para alimentar cerdos. El padre de Fabián estaba en la parte comercial, vendiendo harinas fabricadas con carne y huesos, y con el tiempo fue comprando acciones hasta que en 1990 apareció la chance de quedarse con el paquete completo.

Con la empresa ya en manos de la familia, la invitación al hijo tomó otro peso. Ardeti sabía que en algún momento iba a tener que decidir. Le pidió a su padre dos o tres años para terminar las obras que tenía en marcha y recién entonces se subió del todo. En 1993 entró a trabajar a Insuga. Ahí se cruzan los caminos: el arquitecto que soñaba edificios decide volcar su energía a una industria de subproductos frigoríficos, pero sin abandonar la lógica de construcción que lo acompañó desde chico.

Con menos de 30 años se subió a una misión comercial y empezó a vender cebo y harinas de carne en Chile y Brasil –hoy la firma llega a países de América del Sur y del Norte, pero también tiene un pie en Asia y otro en África–, sacando a la empresa del foco local y probándose en mercados limítrofes. Al mismo tiempo se metió de lleno en ventas y comercialización y empezó a hacer lo que más le gusta: armar equipos.

Cuando rastrea sus primeros gestos emprendedores, no va a una planta, sino a la primaria. “Ya de chico fundé un clubcito a los 12 años. No sabíamos para qué era, pero nos juntábamos a hablar de ese club”, recordó. Ahí aparece ese “alma de líder” que hoy traduce como una vocación permanente por “buscar un grupo que me acompañe y trabaje junto a mí”.

La década del 2000 fue un laboratorio intenso. Pasaron la crisis de 2001, la inundación de Santa Fe de 2003 y la recuperación posterior. A partir de ahí sintió que estaba “despegando”, que había aprendido a “andar en bici” y que en la empresa familiar lo soltaban cada vez más para decidir. En ese contexto llegó una de las definiciones más fuertes de su carrera: hacer otra planta en el NEA o en el NOA, siguiendo el movimiento de la actividad frigorífica hacia nuevas cuencas de abastecimiento. Así aparece Chaco.

Aprender a andar solo: crisis,

asociaciones y salto generacional

Instalar una planta a 500 o 600 kilómetros de la original fue un salto al vacío controlado. Conocían los productos y la comercialización, pero no al equipo nuevo ni la logística diaria de operar tan lejos. La inversión fue importante y el contexto macroeconómico ya no era el del viento de cola de los primeros 2000.

Esos años de prueba y error terminaron de consolidar su forma de liderar. Para atravesar la crisis, insiste, la clave fueron los equipos. Volvió a aplicar la receta de ese club de los 12 años, pero con otro tamaño: rodearse de profesionales que sepan de cada especialidad, ser empático, escuchar, dar lugar. “Contarle a la persona qué es lo que yo pienso para la empresa, cuál es la estrategia, cuál es el rumbo y compartirlo”, resumió.

En 2019 decidieron asociarse con un grupo frigorífico grande y comprar una nueva planta para procesar residuos en Entre Ríos. Era la primera vez que se metían en una sociedad de este tipo, en un esquema que define como “win-win” para ambas partes.

Ese mismo año se encaminó otro proyecto que Ardeti tenía latente: la necesidad de profesionalizar la empresa. Empezó a trabajar con un grupo Vistage que lo ayudó a pensar distinto y a transformar intuiciones en plan. “Todo estaba latente en mí. Formar equipo, buscar la profesionalidad de la empresa, hacer un organigrama más horizontal, poner responsables en cada área”, enumeró.

Hoy su gran desafío no es crear nuevos cargos, sino lograr que ese equipo “aprenda a convivir y a tomar decisiones correctas”.

Tiene tres hijos. Dos viven afuera y la tercera se dedica a la salud. Ninguno está en la operación diaria. “Uno se tiene que adaptar a que las empresas familiares a veces tienen un heredero y a veces no”, aseveró. Hoy los hijos buscan otros destinos y proyectos. “Involucrarse en la empresa no se dio, y soy feliz porque ellos lo son”, reconoció marcando una postura a veces poco común en el mundo de los grandes empresarios.

Con la mirada puesta en el país, su mensaje a la comunidad empresaria combina realismo y empuje. “No nos queda otra que seguir creciendo en el país y apostando en la Argentina”, afirma.

Propone ser innovadores, mirar hacia adentro para encontrar lo que se puede mejorar. “Siempre hay algo”, asegura. Alienta a no tener miedo a tomar las medidas que deben tomarse. Aunque pueda resultar un camino cargado de complejidades, evalúa que siempre es mejor tomar la rienda de los desafíos que propone el negocio.

Al mismo tiempo, insiste en construir empresas “elegibles”, organizaciones donde la gente quiera trabajar. “A veces uno no consigue recursos porque no te eligen”, aseguró.

La respuesta, para él, está en generar un buen ambiente de trabajo y un equipo que “trabaje a la par, junto a uno y no para uno”. Sólo así, manifestó, se puede sostener el crecimiento.

En lo personal, su sueño ya no es una planta nueva ni una cifra millonaria en las ventas. Ahora entendió que el desafío pasa por otro lado, que es tiempo de buscar aquello que no es tangible, que no tiene un precio. Por ello, busca encontrar calidad de vida. Quizás el proyecto más ambicioso.

Tiene una casa sobre el río a la que hoy sólo va los sábados y los domingos y quiere que eso cambie. “Quiero partir la semana al medio, estar allá trabajando sea home office o no trabajando, pero con mi familia”, se imagina. Proyectos le sobran. Ahora busca vivir más tranquilo. Disfrutar.

De arquitecto de vocación a empresario de hecho, Ardeti sigue haciendo lo mismo que escribió en aquel cuaderno de quinto grado, construyendo. Sólo que ahora, además de naves industriales y diagramas de procesos, busca construir algo más profundo y valioso: su propio legado.

Un arquitecto con ruta propia que crece jugando

en equipo

El CEO de la compañía compartió su camino, valores y sueños.

El anhelo de pasar más tiempo junto al río.

FABIÁN ARDETI (GRUPO INSUGA)

FABIÁN ARDETI (GRUPO INSUGA)

Un deporte: natación.

Una película: Blade Runner.

Un libro: Muchas vidas, muchos maestros de Brian Weiss.

Un hobbie: dibujar

Un destino de vacaciones: Praia do Rosa / Brasil

Una comida infaltable: risotto, de cualquier forma

Un objetivo pendiente: viajar a Japón , solo.

TOP 10 PROTAGONISTAS

Por PATRICIO DE GAETANO